El elefante en la cacharrería, hablando de la ley de cookies

Vamos a imaginar que compramos un coche americano, de esos que tienen un aviso en el retrovisor que dice “Cuidado, los objetos en el espejo están más cerca de lo que parece”. Ahora imaginemos que los políticos estadounidenses se vuelven locos y publican una ley que cambia la responsabilidad de dicho aviso, a partir de ahora todos los coches, camiones y motos deberán llevar un gran cartel luminoso en su frontal que diga “Cuidado, estoy más cerca de lo que parece en tu espejo”. Exceptuando a los fabricantes de carteles y los talleres, para todos los demás sería una auténtica pérdida de tiempo, un cacao de información, una molestia y lo más importante: no serviría para nada en la práctica. Pues eso es lo que ha pasado con la ley de cookies desde mi punto de vista.

No sé por qué razón los políticos un día decidieron que había que protegernos de las cookies, no entraré a valorar si es necesario o no, y mucho menos me meteré en política. El resultado lo conocemos de sobra, una marea de horribles cartelitos de aviso en cada página que visitamos. Desconozco si esta legislación es fruto de la ignorancia o las prisas, pero cada vez que los gobiernos se meten en algún asunto de nuevas tecnologías ocurre lo del elefante en la cacharrería.

Si supiera que algún político o legislador implicado leyera esta página, le daría la siguiente lista de inconvenientes:

  • Empeoran la experiencia de navegación en su punto más crítico (la primera sesión).
  • Interfieren enormemente con dispositivos de escasa usabilidad (pequeños terminales, televisiones, gadgets…).
  • Obliga a millones de empresas y autónomos  a pagar por actualizar algo que es totalmente estéril para ellos y sus clientes.
  • Causan más confusión que el problema que intentan solucionar.
  • Destrozan el flujo visual en un medio donde se dedican muy pocos segundos de atención por página.

Además en última instancia la responsabilidad tendría que ser del software de navegación (browser), y aquí me remito a la pequeña parábola del espejo retrovisor que hice al empezar este artículo.  Es nuestro navegador el que está aceptando las cookies y almacenándolas, debería ser éste mismo quien nos avisara y no las páginas visitadas.  Eso tendría enormes ventajas, como por ejemplo la posibilidad de personalización de cada uno (podríamos configurar el navegador para que no nos avise si ya entendemos el riesgo), en vez de obligar a millones de entidades a avisar de algo que ni ellos mismos entienden ni deberían tener la obligación de entender.

Ignoro si un gobierno puede legislar sobre la obligatoriedad de que los navegadores implementaran esta característica, pero se me antoja enormemente mas sencillo que hacerlo con todos los sitios web de una división geográfica.  Además para terminar recordemos que las empresas ya conocen formas de saltarse esta ley, aunque algunas multas ya se han repartido.

 

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